EL LABERINTO COMO METÁFORA DE LA VIDA



Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontraremos y lo perderemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía...
 Jorge Luis Borges








El Laberinto como metáfora de la vida

Cuentan las antiguas leyendas que en todas las culturas han habido laberintos en los que los más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Es que el camino del hombre a lo largo de la vida, es como un laberinto, donde hay múltiples senderos y una sola salida. La vida en la modernidad se presenta con los rasgos de una aventura en la que el futuro es escasamente previsible y la complejidad del mundo y su continua apertura a la novedad hace que la experiencia acumulada sea difícilmente aprovechable. 

La afirmación del yo como centro único de decisión hace que el individuo moderno se vea enfrentado a la vida como a un laberinto en el que en cada encrucijada acecha un peligro y donde cada decisión lleva aparejado un riesgo.

Porque es la representación de la vida, es que los laberintos son tan fascinantes. Podemos encontrarlos en los mandalas, en las espirales de la prehistoria, en la torre de Babel, en las catedrales góticas, en el hilo del rosario (sea este árabe, hindú o cristiano), en la Caverna de Platón, en el juego de la Oca, en la escalera de Jacob, en el Vía Crucis de los católicos.

En términos generales, "el laberinto" es símbolo de las dificultades y obstáculos que debe atravesar una persona a lo largo de su vida para alcanzar su objetivo. Vulgarmente lo visualizamos como un lugar al que hay que llegar luego de superar dificultades.  

La imagen más común del laberinto es la espiral, ya que simboliza tanto el camino evolutivo (en su sentido de desarrollo gradual), como un portal a otras dimensiones u otras vidas. Todos los obstáculos que se encuentran en el recorrido son los avatares de la vida con sus ilusiones y frustraciones. El recorrido es la posibilidad de transformación. El laberinto conduce al interior de uno mismo, donde reside el verdadero yo y a partir de allí saber quien somos y que queremos.

El premio está reservado al iniciado, aquel que ha aprovechado el viaje para aprender y crecer mediante un proceso de reflexión, de búsqueda interior, a través de un itinerario de preguntas y respuestas, del  desempeño de situaciones y roles. Lo que le permite observarse en diversas situaciones e ir aprendiendo sobre su comportamiento en diversas circunstancias.

El símbolo del laberinto está asociado a los rituales de iniciación.

La iniciación a diferencia de la educación no se dirige solamente a las facultades racionales, sino a la intuición y al instinto, lo que permite tener acceso al conocimiento de uno mismo.

Para ello es necesario aprender a pensar, a razonar por nosotros mismos y luego a creer en lo que nos ha parecido bien de lo que razonamos. El problema es que para hacer eso debemos cambiar la metodología que nos han enseñado desde pequeños, que consiste en primero creer en lo que nos enseñan... y luego... a razonar sobre lo que hemos creído. Debemos primero desaprender y liberarnos de los mandatos.

Una vez superadas esas pruebas, llegamos al centro y allí debemos vencer a nuestro “monstruo interior”, (símbolo de nuestros instintos más primitivos), el Minotauro del Laberinto Griego es una metáfora de todos nuestros miedos. Son todos nuestros temores inconscientes los que debemos sacar afuera, en general son los más antiguos, seguramente  siempre está presente el miedo a la muerte. Recién entonces estaremos en condiciones de obtener el tesoro que buscábamos.

Para las culturas respectivas el héroe que ingresa a Laberinto es un Hércules, un Teseo, un Dante, un Jasón, un Eneas, un Osiris, un Jacob, un Gilgamesh o un Orfeo. El individuo moderno sometido a un desafío continuo adquiere  las características de un héroe y, enfrentado a lo extremo, se muestra como un superviviente que ha pasado infinidad de pruebas. Este individuo se  construye a sí mismo a través de una serie de pruebas que le permiten la conquista de sí mismo como entrenamiento para el gobierno de los otros y el dominio de la naturaleza.

Puede parecer que el mayor desafío en el laberinto sea el de encontrar el centro. Pero después hay salir del laberinto para aplicar lo logrado en la vida cotidiana. Esa es la prueba más difícil y donde fracasan muchos. Algunos porque no quieren salir de esa zona de confort y enfrentarse al mundo, pues la fascinación de querer permanecer en la comodidad es un riesgo siempre latente.

En el mito Griego, el ejemplo arquetípico es el de Teseo, quien promete a Ariadna (Hija del Rey Minos) que, si logra vencer al Minotauro, la llevará a Atenas y se casará con ella. Ilusionada ante esta promesa, la princesa entrega a Teseo un ovillo mágico que permitía transitar por su interior sin perderse y ella se queda a la entrada del laberinto sujetando el otro extremo; él se interna en el laberinto, mata al monstruo y sale para reencontrarse con su amada a quien poco después abandona, en un acto de cobardía, mientras ella duerme.

El mismo hilo que permite al héroe entrar y salir del laberinto lo ata después a su salvadora; él rompe esa atadura cuando abandona a Ariadna y huye en silencio rumbo hacia el futuro que le depara su destino de héroe trágico pues, no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el del tiempo, del que no pudo escapar. Teseo ha fracasado. No pudo escapar al destino de héroe trágico que otros le asignaron y tuvo que seguir luchando en nuevas aventuras hasta su muerte.

Lo extraño es que algunos siguen tomando a Teseo como a modelo seguir, y se vanaglorian de lograr objetivos impuestos por terceros, a cualquier precio, perjudicando a otros y no cumpliendo los acuerdos. Llegó al centro, pero no pudo abandonar el papel de héroe que tenía como mandato y siguió repitiendo su historia en otros lados.

La que si tuvo éxito en escapar de los laberintos fue Ariadna, pero sólo después de conocerse a sí misma, y lograr construir y desplegar su identidad.

Pocos hacen hincapié en esta parte de la historia, es necesario halagar al héroe para que sea motivo de imitación y así lograr que otros se sacrifiquen. Conviene entonces relatar que el que entró y salió del laberinto fue Teseo, y si bien fracasa en lo personal después, el relato termina cuando mata al Minotauro. Pero la historia sigue con Ariadna y tiene un final feliz.

Ariadna se transmuta a partir del encuentro con Dionisos1, el dios del vino y del éxtasis místico. Después de ser abandonada por Teseo, Ariadna es cortejada por Dionisos y se convierte en su esposa.

Dionisos es el dios transgresor que da paso a lo inesperado, rompe la monotonía y posibilita el surgimiento de lo que había permanecido oculto y reprimido. Por medio de la fiesta y la embriaguez Dionisos nos separa de la línea recta que conduce inexorablemente hacia la muerte, rompe el tiempo lineal y le da al ser humano un nuevo hilo cuya longitud no está sometida a la vara de medir de las Moiras, sino que es el ovillo mágico de su esposa Ariadna, ese hilo interminable que permite desviarse del destino preestablecido y transitar infinitas veces por el laberinto de lo incierto, lo desconocido y lo inconsciente.

Dionisos es la divinidad que reúne y conecta, que lleva a cabo la síntesis de lo heterogéneo.

En la unión de Dionisos y Ariadna hay un intercambio mutuo, él toma el hilo que ella le tiende y llega hasta el centro del laberinto, y ella, que creía conocer el laberinto, se interna otra vez en él con una nueva mirada, propiciada por la conexión entre distintos mundos que Dionisos le muestra y comparte con ella.

Junto a Dionisos, «Ariadna ya no es el alma que aguarda fuera del laberinto mientras otro entra». Es ella misma quien transita todos los laberintos, intenta descifrarlos, darle sentido y vencer a todos los monstruos, que son metáfora de todos los miedos.

Viviendo la experiencia, disfrutando del momento, siendo totalmente consciente que aparecerán nuevas situaciones que te harán sentir mal, y las recogerás, vivirás y aceptarás como parte del viaje, como parte importante de tu aprendizaje. Y por fin entiendes que sólo fracasas…..,  si nunca lo intentas.

Ariadna nos recuerda, que el conocimiento profundo de las cosas siempre implica una cierta audacia, pues requiere ir más allá de lo establecido. Y también nos recuerda que es bueno aprender de la mirada del otro, que la necesitamos para comparar y aprender.

Según el relato mitológico Ariadna muere poco después de su boda con Dionisos, pero el desconsuelo de éste es tan grande que su padre, Zeus, intercede para que Dionisos descienda al mundo subterráneo y rescate a su esposa, que de este modo recibe la inmortalidad. De nuevo el ovillo de Ariadna funciona como un talismán que conecta los dos mundos y le permite adentrarse en la región de Hades y regresar después al mundo de los vivos, saliendo así de un laberinto, el de la muerte, del que muy pocos regresan. Allí donde fracasó Teseo (porque sólo resolvió el tema de está existencia), triunfa Ariana, gracias a que con sus excesos fue más allá de los límites establecidos.

¿Pero cuál es en realidad ese Hilo de Ariadna?

Usaré una metáfora, si bien alejada de la realidad nos será útil. Imaginemos que retrocedemos en el tiempo y que en pocos segundos pasamos de la vejez a la madurez, de la juventud a la niñez, del parto al feto y de éste al embrión. Cada una de estas etapas de vida son distintas modalidades existenciales o manifestaciones de un mismo ser ("espíritu") y todas ellas están unidas por un hilo invisible, a través del tiempo y del espacio, que nos permite conservar nuestra identidad.

Ese hilo somos nosotros mismos. Ahora bien, si nos pudiéramos remontar a otras modalidades o estados, de ese mismo espíritu, pero anteriores al embrión, tendremos entonces la trama genealógica. Si seguimos hasta el final nos encontraremos lógicamente con el espíritu (Ser) propiamente dicho, origen de las modalidades recorridas.

Genealógicas sí, pero ontogenéticas y no filogenéticas. Es decir que no son antepasados (padres, abuelos, etc) sino el mismo Ser ("espíritu") en anteriores manifestaciones existenciales (no se debe confundir a esto con la "reencarnación").

Hemos reunido lo disperso, lo manifestado, de nuestro ser. Nos hemos reintegrado a la fuente de nuestras múltiples existencias. Recorriendo este sendero en sentido inverso, o sea desde el espíritu hacia nuestro actual estado humano.




Bibliografía        
Los Mitos Griegos  - Robert Graves
La Ciencia Secreta de los Mapuches - Aukanaw

Notas

1)    Dionisos representa la promesa de reunificación de lo disperso porque, según el relato mitológico, cuando era niño fue despedazado por los Titanes y Rea, su abuela, reunió los fragmentos y consiguió hacer revivir a Dionisos y devolverle a su figura primitiva.

2)  En el antiguo Egipto, el laberinto era el camino sinuoso que tomaban los muertos en su viaje de la muerte a la resurrección, guiados por Isis. Se tallaron laberintos sobre rocas españolas, inglesas y rusas, se dispusieron como mosaicos en el pavimento de las catedrales francesas (generalmente cerca del baptisterio) y se utilizaron en la decoración de templos indios y de las mezquitas paquistaníes.

      Algunos autores interpretan los laberintos como un emblema del camino hacia Jerusalén; otros creen que servían para efectuar peregrinaciones, recorriendo los fieles descalzos o de rodillas, las líneas marcadas en el suelo en compensación de alguna ofrenda de peregrinación que por cualquier causa no pudieran realizar.

      Un buen ejemplo de esto lo encontramos en el laberinto de Chartres, cuya longitud es de 260 metros, al igual que el camino que realizó Jesucristo desde la corte hasta el Gólgota, y cuyo centro simboliza a Jerusalén.

      Pero una de las más importantes significaciones del símbolo del laberinto está asociado a los rituales de iniciación. Por lo tanto, el laberinto es el símbolo que representa la búsqueda del centro personal, del sí mismo del ser humano. Para el encuentro de tan preciado hallazgo, se requiere de un ritual iniciático que implica la superación, en distintas etapas, de una prueba.

      Durante la Edad Media, el laberinto está fuertemente relacionado con el duro camino de los creyentes hacia Dios, el recorrido tortuoso de los caminos enredados y difíciles hasta hallar el centro simbolizaban la participación en los sufrimientos de Cristo en la cruz. El camino del laberinto es el peregrinaje, es la muerte al hombre antiguo, pecador. El hallazgo del centro representa el "Renacer". En el Renacimiento el ser humano se convierte en el centro del laberinto, como reflejo de las enseñanzas humanistas antropocéntricas.


 3)    Sólo cuando Dionisos confía a Ariadna su secreto se descubre que el laberinto es el propio Dionisos, y el hilo que permite salir del mismo es la afirmación. El ser no es más que el devenir, sólo hay ser del devenir, el único ser es el del laberinto del devenir, un devenir que se muestra como múltiple, diferente, azaroso: "El devenir es el ser, lo múltiple es lo uno, el azar es la necesidad" como nos recuerda Deleuze, pero lo que deviene es la diferencia como tal, es decir, el eterno retorno. 

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