Lenguaje inclusivo


El lenguaje, como toda normalización de nuestras conductas, no es neutral y responde a un entramado específico de poder. El primer paso para revertir una relación de poder es evidenciándola, hacerla visible para la gente. Lo que es, no tiene por qué ser así, y si en definitiva es de tal forma, es por ser el resultado de ciertas relaciones de poder previas.

Los que hoy tienen el poder, no son los que lo tenían antes. Sus objetivos son otros, es razonable entonces que impongan un nuevo lenguaje para cumplir esas metas y también que quieran mostrar un chivo expiatorio, para ocultar la trama de poder que tiene que ver con la estructura económica.

El lenguaje es producto del pasado, pero genera el futuro. Así como lo heredamos, tenemos la oportunidad de transformarlo para que otros lo reciban de nosotros. El lenguaje está vivo, pero lo que utilizamos hoy al comunicarnos fue realizado por “otros”, nuestros antepasados. En otras palabras, lo que hoy percibimos como normal, como dado, como natural, es el producto de generaciones pasadas.

Todas las lenguas aceptan cambios. Pero solo los aceptan en el nivel del léxico, de la fonética y de la ortografía. En el nivel gramatical no, por lo que la pretensión de aplicar modificaciones gramaticales sería equivalente a generar un idioma nuevo. Cuando los pueblos del occidente del Imperio Romano dejaron de declinar las palabras pasaron del latín al francés, al italiano, al portugués y al castellano. Un cambio gramatical creó otros idiomas. Fue un proceso inconsciente y llevó siglos.

Durante ese período, la cultura de esos pueblos estaba influenciada por la Iglesia Católica que ha tenido una visión equivocada respecto al sexo, proveniente de la tradición platónica y agustiniana. San Agustín veía la actividad sexual como el camino por el cual entra el pecado original. Por él, de nacimiento, cada ser humano se hace portador de una mancha, de un pecado, sin culpa personal, en solidaridad con el pecado de los primeros padres. La mujer, por ser engendradora, introduce en el mundo el mal originario. Por ello se le negaba la plena humanidad. Era llamada “hombre no completo”. Todo anti-feminismo y machismo en la Iglesia romano-católica encuentran aquí su presupuesto teórico.

El género gramatical, la clasificación de los sustantivos en femenino o masculino, sobrevivió hasta ahora y está arraigado en nuestra cultura. Estos idiomas, surgidos del imperio romano occidental, se sirven del género gramatical para codificar la distinción semántica entre los sexos, dividiendo a las personas según su anatomía y situándolas en un orden bipolar jerárquico, en cuyo extremo superior están representados los hombres y lo masculino, y en el extremo inferior lo femenino y las mujeres, que aparecen subordinadas e invisibilizadas. Pero además, el poder que ejerce el idioma está, sobre todo, en lo no evidente; en lo no marcado del masculino: los términos masculinos simbolizan a los varones y a la especie entera. La concordancia de sustantivos masculinos y femeninos referidos a personas debe realizarse en masculino.

Esto, en definitiva, es reconocer que la gramática constituye sentido y que, resignificando las palabras, se construyen nuevos marcos interpretativos con los que entendemos la realidad y con ello la posibilidad de transformarlo.

Vale la pena ver lo que sucede con la gramática de otros idiomas y su relación con la sociedad en la que se hablan. El árabe clásico, instalado sin modificaciones desde el Siglo VI, es una “lengua que a la inversa que el castellano, usa el femenino para englobar ambos géneros. Los árabes no dicen ‘estos son libros’, sino que dicen: ‘esta son libros’

Más allá de las exageraciones difundidas por la prensa, las luchas para promover la igualdad entre los géneros no tienen en el mundo árabe la relevancia que tiene en el mundo occidental. No parece que el uso extendido del femenino genérico, que abarca pronombres demostrativos, relativos y adjetivos, haya tenido un efecto particular en la manera en que los árabes entienden el papel de la mujer en su sociedad ni les haya permitido solucionar sus problemas de igualdad de género”.

En la propuesta “inclusivista” es preciso separar la preocupación que está en su base -legítima en tanto procura el reconocimiento, defensa o ampliación de derechos de un sector de la sociedad- de los mecanismos. Por ejemplo el tratar imponer, desde el ámbito oficial, que se desdoble la mención del sustantivo afectado haciendo visible el género femenino (por ejemplo: “"todos y todas”), recurriendo a ese mecanismo de redundancia. Un ejemplo reciente en Uruguay, fue el cambio de nombre de la Defensoría del Vecino por el de Defensoría de las Vecinas y Vecinos

En cuanto a la idea de unificar con la vocal “e” las distinciones de género presentes en los sufijos nominales “-a” (femenino) y “-o” (masculino), creo que el cambio no viene "desde abajo", sino como una propuesta “desde arriba”, nacida de un grupo de poder que busca imponer en la lengua un valor en torno a un reclamo social.

Además no implica una simplificación del sistema preexistente, sino una complicación inducida. Esa intervención afecta la estructura del idioma), proponiendo la inserción de una terminación artificial arbitraria (vocal "e" ¿por qué no “i”?). El empleo de la arroba que busca neutralizar en la escritura la distinción de género, es un recurso exclusivamente gráfico, que no propone la asignación de un sonido diferenciado.

Todo esto suena como una imposición desde el poder. Foucault nos decía, el poder no es, sino que se ejerce. La efectividad del poder está cuando normalizamos nuestras prácticas cotidianas; cuando naturalizamos ciertas acciones, las aceptamos y reproducimos estamos sometiéndonos a él y al mismo tiempo ejerciendo poder

Observamos que el lenguaje inclusivo, a diferencia de lo que se cree, tiene tres grandes aliados para su imposición: los medios de corporativos de comunicación incluyendo las redes sociales, que tienen diversos inversores privados; como así también periodistas y articulistas que cobran para escribir en los medios populares y generar notas con lenguaje inclusivo leídas por millones que copiaran la nueva semántica creyendo que es algo correcto, y el tercero son los nuevos ministerios de educación que busca crear una lengua indescifrable y pobre de semántica, para inhabilitar a los alumnos en el futuro a consultar toda fuente que no sean las generadas desde el lenguaje inclusivo y así perder la historia y tener que basarse en el relato.


Pero si se pretende suplantar el castellano por la nueva lengua artificial, y se lo hace a través de la imposición en el ámbito escolar y de la coerción política, ya podemos hablar de totalitarismo. Igual, toda la historia de los idiomas demuestra que no importa qué salvaje haya sido un poder, jamás nadie logró imponer un lenguaje artificial al conjunto de los hablantes de una lengua natural. Visto desde esta perspectiva, el lenguaje inclusivo es realmente una solución falsa a un problema que no existe”.

Porque digo esto, porque el problema de dominación en la humanidad, no es de los hombres sobre las mujeres, sino de un ínfimo número de personas (menos de 1000), que controlan más del 90% del PBI mundial sobre una población de más de 7.000 millones. Lo que se quiere es invisibilizar es esa dominación por eso los gobiernos tratan de visibilizar a la mujer, para que se crea que es ese el problema. Sin duda hay una cultura patriarcal que se debe combatir. Pero no confundamos el problema real que debemos enfrentar como civilización.



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