Origen de los judios Ashkenazi

En el medioevo y por segunda vez en la historia, existió un judaísmo basado en templos, linajes reales y sacerdotales, con un estado propio. Pero como la historia se repite, de nuevo volvería a agotarse. Es entonces cuando el otro judaísmo, el de los rabinos y las sinagogas volvió a aparecer en nuestros días.
Cuenta la leyenda que en 740 DC el Rey Bulán de Jazaria, soberano de un pueblo turcomongol de las estepas, deseoso de abandonar su paganismo para convertirse a una religión monoteísta, convocó a su presencia a un obispo, un imán y un rabino. "¿Cuál de vuestras tres religiones, la cristiana, la musulmana o la judía, está en el origen de las otras dos?", les preguntó. Al oír las respuestas, el rey Bulán se convenció de que el cristianismo y el islam provenían del judaísmo y decidió volverse judío. Con el paso del tiempo el judaísmo se convertiría en religión oficial y Jazaria tendría una dinastía de Reyes judíos. Los primeros después de la destrucción del primer templo de Jerusalén.
¿Por qué razón esas tribus que acababan de hacerse sedentarias se convirtieron al judaísmo? Es que el territorio jázaro ubicado en el Cáucaso Norte a orillas del mar Caspio, estaba entre varios fuegos: por el norte, los rus, vikingos rusificados que comenzaban a cristianizarse; por el oeste, los reinos cristianos del antiguo imperio romano y por el sur los califatos musulmanes.
Los jázaros provienen de los Hunos, tribus turcas que invadieron Europa llegando desde Asia Central, Siberia, China y Norte de la India, se habían sumado a poblaciones judías provenientes de la diáspora que habitaban esa región junto a poblaciones paganas.
El rey Bulán debe de haber pensado que para hacer sedentario a un pueblo nómade se necesitaba abandonar los dioses de a caballo de su pueblo guerrero, para abrazar una religión "civilizada". Pero, a la vez, al elegir el judaísmo se aseguraba cierta independencia: una especie de "tercera posición" frente a los pueblos vecinos. La creación de un estado judío dentro de un país multireligioso, al igual que el estado actual de Israel, sirvió de refugio no sólo a los judíos que estaban siendo perseguidos en los Califatos musulmanes, sino también a aquellos obligados a convertirse al cristianismo, en 944 por el emperador de Bizancio, lo que posibilitó un crisol de razas entre los Judíos de la diaspora y los Jazaros conversos que dio lugar a los Judíos Askenazi (judíos provenientes de Europa del Este).


Hoy, el 90 por ciento de los que se llaman a sí mismos “judíos” son ashkenazi, es decir antiguos jázaros y judíos de la diáspora que convivieron en el Cáucaso, a orillas del Volga como antaño lo hicieron en el Jordán. Sus ancestros están emparentados no sólo con Abraham, Isaac o Jacob sino también con los hunos. Como dato curioso, un estudio de las muestras del ADN mitocondrial, que sólo se transmite por herencia materna, sugiere que los hombres y mujeres judíos emigraron a Europa juntos: casi la mitad de los ocho millones de askenazíes actuales desciende de tan sólo cuatro mujeres.
Los jázaros vivieron como mercaderes, llegaron a controlar un vasto imperio. Itil, su capital, era un mercado importante por el que transitaban comerciantes de Europa y de Asia. Los jázaros fueron importantes aliados del Imperio bizantino contra el Imperio sasánida, además de constituir una significativa potencia regional en su momento de máximo esplendor. Emprendieron una serie de guerras, todas victoriosas, contra los califatos árabes, evitando así la invasión de la Europa oriental. Mucho se habla de que Carlos Martel fue el que frenó en los Pirineos la invasión musulmana a Europa y se olvidan de la acción similar cumplida por este estado judío en Europa Oriental, ellos sirvieron de tapón entre el norte y el sur, hasta que la condición de intermediarios, que era su fuerza, provocó su pérdida.
A finales del siglo X, su poder declinaría frente al de la Rus de Kiev, siendo su imperio absorbido por los emergentes estados eslavos. En 965, el príncipe ruso Sviátoslav destruyó la ciudad de casas redondas que imitaban las tiendas del tiempo en que eran nómades. Tras la derrota de su imperio, se refugiaron en Crimea donde se le sumaron los judíos caraítas cuando los cruzados cristianos los expulsaron de Jerusalén y quemaron allí sus sinagogas en 1099.
Siglos después, frente al avance del Imperio Otomano, huyeron hacia Ucrania, Polonia, Lituania y otros países europeos, donde formaron comunidades judías askenazíes de lengua y cultura Yiddish. Las condiciones particulares en las que judíos ashkenazi vivían en la Europa medieval condujeron al desarrollo de una alta inteligencia verbal y matemática, lo que les ha permitido ocupar posiciones claves de la ciencia, la cultura y las artes. Desde 1950 los judíos ashkenazis han obtenido el 29% de los premios Nobel con solo el 0,25% de la población mundial.
El judaísmo de los askenazíes fue muy influido por los caraitas, que es un tipo de judaismo que sigue la corriente “sacerdotal”, ligada al Templo, apegado a la Torá o Ley de Moisés opuesto a la corriente que sigue a la tradición oral de los rabinos judíos o maestros de la Ley .
Después de la destrucción del Templo en el siglo I d.C., el judaísmo de la “Ley Escrita” prácticamente desapareció. Pero con el pasar del tiempo, un número creciente de judíos rechazaron la “Ley Oral” farisea, solo creían en la Tora Escrita, los gobernantes islámicos de Egipto, llamaron a este grupo Caraítas que significa “lectores”, pero llegaría un momento en que los seguidores de la Ley Escrita volverían a tener un “rey”, un estado y un templo
Contemporáneo al Rey Bulan, aparece Anan ben David (715-795 d.C.) un judío de Babilonia que fue aclamado como Exiliarca o gobernador de un grupo de judíos que no aceptaba a los rabinos, y defendía un judaísmo diferente. En el 770 d.C publicó el “Libro de los Mandamientos”, donde recogía todos los puntos de divergencia entre la Ley Escrita, y la Ley Oral que los rabinos enseñaban.
A partir de este momento, una nueva etapa comenzó para el judaísmo, el siguiente paso fue llevar a sus seguidores a Jerusalén, y construir un “Templo”. Digo “Templo”, porque para los caraítas, sus sinagogas son más que solo un lugar para reunirse. De hecho, se ponen descalzos antes de entrar, y oran de rodillas, como hicieran Moisés y los sacerdotes cuando se presentaban ante Dios. Las sinagogas tratan de asemejarse al modelo del Templo bíblico, reservando por ejemplo, un arca para guardar la Torá que colocan en la parte occidental, como estaba en el santuario de Salomón.
Aunque no restablecieron los sacrificios animales, si marcaron unas normas rituales a la hora de matar animales para la alimentación, similares a las costumbres islámicas. Del mismo modo, oran en dirección a Jerusalén y realizan servicios religiosos al amanecer y al atardecer, como se hacía en el Templo en tiempos bíblicos. Al “templo” que Anan construyó se le conoce hoy como la Sinagoga Caraíta, y es la más antigua en funcionamiento en Jerusalén. Como curiosidad, es una sinagoga subterránea, lo que le ha permitido sobrevivir a numerosos ataques hasta hoy día.

El caraísmo o “los hijos de la Escritura” también hallarían su refugio en Crimea cuando fueron expulsados por los cruzados y todos juntos dieron identidad a los judíos Askenazi.

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