IGUALDAD

Ya han pasado más de 50 años, desde aquel 10 de diciembre de 1.948, en el que las Naciones Unidas establecían la Declaración Universal de Derechos Humanos, que comenzaba diciendo:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Bellas palabras. Pero no nos engañemos, a pesar de tantos avances en el pensamiento de muchos hombres, los Derechos Humanos no han vencido todavía. La igualdad no deja de ser una quimera.

La palabra Igualdad es el principio que reconoce a todos los seres con capacidad para los mismos derechos y obligaciones, sin que nadie tenga prerrogativas y sin que nadie sufra discriminación. Es la ausencia de todo privilegio, de toda distinción de castas y clases entre los hombres, colocando a todos los ciudadanos en una misma categoría, bajo el concepto de los derechos y los bienes.

Respecto a la Igualdad, se define como la uniformidad que existe entre dos cosas iguales. En el campo político, todos los hombres tienen igual derecho a desempeñar cualquier función pública, cuando pretende supresión de los privilegios de fortuna, etc. y se rige por el principio a cada uno según sus necesidades, a cada uno según sus capacidades. Tal  parece ser la medida de lo justo y necesario.


Es conveniente analizar históricamente como surge la desigualdad y las razones que llevan al hombre a buscar la misma porque debemos encontrar las causas inconscientes que hacen que un hombre quiera diferenciarse del otro, para así poder luchar eficazmente.

En las tribus primitivas la primera diferenciación fue entre hombres y mujeres, donde los primeros no realizaban las tareas vulgares, reservándose para la caza, la guerra, los deportes y las prácticas devotas. En un estadío superior, en la Europa o en el Japón feudal se puede observar las diferencias de clases y la distinción de tareas que cada uno realiza. Las clases altas están excluidas de las ocupaciones industriales y realizan tareas relacionadas con un cierto grado de honor, como la guerra, tareas de gobierno, deportes y el sacerdocio.

Históricamente han existido comunidades de hombres pacíficos e igualitarios que no contaban con una clase ociosa, pero tenían una ineficacia amable cuando se enfrentan con la fuerza o con el fraude y han sido superados o eliminados por las otras culturas. Por lo que sólo han sobrevivido aquellas culturas, que contaban con una clase ociosa, que vivía a expensas del resto de la sociedad.

Las condiciones para que exista una clase ociosa bien desarrollada son:

·   La comunidad debe tener hábitos depredatorios (guerra, caza), es decir que deben estar habituados a infligir daños por la fuerza o mediante engaños
·   Debe haber medios de subsistencia lo suficientemente grandes, para que una parte de la comunidad pueda estar exenta de dedicarse al trabajo rutinario y realizar tareas dignas, es decir aquellas que puedan ser clasificadas como hazañas.

Se que estas distinciones parecen no ser aplicables en la era actual, aunque se cumplen ambas premisas, subsiste una aversión por las tareas serviles y el 50 % del PBI mundial está en manos DE MENOS DE 6 PERSONAS. Cabe señalar que el 1% de la población mundial, posee el 99% del capital. Una gran desigualdad. Quizás la mayor de la historia de la humanidad y está en aumento.

Lo que hoy aparentemente cambia son las características que se reconocen como hazañas, pues cobran importancia según la cultura. Los trofeos de la caza, o el botín de guerra pueden ser remplazados por otros medios de exhibición ostentosa. Las posesiones empiezan a ser valoradas no tanto como demostración de una incursión afortunada, sino como prueba de la prepotencia del poseedor de esos bienes sobre otros individuos de la sociedad. Son esas ideas contra las que debemos luchar si queremos que no haya diferencia entre los hombres. El mérito, el talento, la sabiduría, la virtud y el trabajo, son las únicas distinciones admisibles.

No se trata de querer trastornar el equilibrio social, ni igualar fortunas, ni despojar a unos en beneficio de otros, sino de lograr que todo ser humano encuentre en su trabajo el pan cotidiano para él y su familia, y tenga plena posesión de todos los derechos que son inherentes a su persona.

Todos los seres racionales han nacido iguales, y por no debe existir ninguna diferencia entre el que manda y el que obedece, en el que produce y el que consume, entre el que paga y el que cobra ya que unos y otros son conformados con la misma materia física y expuestos a las mismas causas de muerte, independientemente de su raza religión o nacionalidad.

Las ideas explicitadas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, han sido un gran avance para la humanidad, pero hay que seguir colaborando activamente en la transformación humana, no en la mejora de la especie por la aplicación de las leyes naturales del más fuerte, sino en una obra “sobrenatural” que la contradice y la cambia.

Esta tarea a favor de la igualdad del ser humano hay que continuarla en el futuro, nuestra forma de reproducirnos es a través de la cadena iniciática, del paso del conocimiento a otros hombres y mujeres, de unos a otros, nuestros trabajos no pueden ser grabados más que en los corazones, nuestra materia prima son los hijos de la viuda. 

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